César Delgado González

Ana María Leyra Soriano

 El ámbito de lo estético, aquel al que le pertenece la reflexión en torno al arte y a lo bello, hace referencia en su propio uso del término estético a una vinculación a los sentidos. Estética procede del vocablo griego "aisthésis", sensación, y esta referencia a lo sensorial participa de una doble perspectiva que no debemos olvidar: por una parte alude a los sentidos, a lo sensorial, a lo sensible, por otra parte y al mismo tiempo alude a la capacidad de sentir, a la sensibilidad.

  Sentidos y sensibilidad son, en consecuencia, los dos polos sobre los que se asienta el fenómeno estético. No basta con ver u oír, sino que debemos considerar que el ver y el oír del arte son un ver y un oír específicos, son un ver y un oír que inciden, para modificarla y depurarla, sobre una sensibilidad, sobre un sujeto que percibe y crea, que es capaz de experimentar y producir lo bello.

 Es importante que advirtamos que las alusiones a los sentidos que hasta ahora hemos venido haciendo se limitan al ver y al oír. La vista y el oído han sido a lo largo de la historia los sentidos específicos para la experiencia artística, así como eran considerados los fundamentales para el conocimiento.

 Ahora bien, ya en los tratados medievales encontramos, por ejemplo en Virgilio el Gramático, un órgano específico para juzgar la belleza, el gusto; facultad fisiológica que en principio apenas se distingue en sus funciones de la actividad gustativa más elemental de saborear los alimentos. Siglos más tarde será el desarrollo paulatino de los estudios y alusiones al gusto lo que conducirá la reflexión, en torno al arte hasta las depuradas conclusiones de una crítica del gusto con la que Kant procurará cerrar todo su sistema de pensamiento en la tercera de sus críticas, la denominada en último término Crítica de la facultad de juzgar, pero que había sido proyectada en exclusiva como una Crítica del gusto.

  Por otra parte, no puede faltar en esta progresiva aproximación a lo estético, en cuanto sensorial, una alusión al tacto como factor puente entre lo visual y lo espacial, entre lo exterior, lo que se percibe de lejos, como es lo que llega por la vista y el oído, y lo que se experimenta en la más inmediata proximidad: la suavidad, el calor, el frío, las vibraciones, en tanto que aspectos añadidos a la pura percepción de formas.

 Lo estético es, de acuerdo con esta rápida ojeada, algo referido a los sentidos, pero no desde una aplicación restringida del término sino extinguiendo éste, para ser enteramente valorado, su consideración global. Y aun más: después de la filosofía de Nietzsche hemos de tener en cuenta no sólo que en el modo de percibir lo humano no es lícito ya hablar de sentidos más o menos teoréticos o cognoscitivos, sino que además lo estético ha de tratarse en el ámbito de una psicobiología del creador y del contemplador; es decir: desde la valoración de una fisiología humana en la que intervienen todas las sensaciones, que afecta tanto a los procesos digestivos como a los procesos mentales.

 De acuerdo con este largo, pero necesario, preámbulo, pretender un acercamiento al arte de César Delgado desde una consideración restringida exclusivamente a su ceguera, nos parece cuanto menos reductor. Ver o no ver es desde luego un problema que en sus efectos sorprendentes plantea un interrogante al espectador de la obra de César Delgado, pero está claro que el problema del arte se sitúa más allá de ver o no ver, y desde luego las obras de este artista nos mueven a compartir una extraordinaria esperiencia creativa. Diriamos en este sentido que el espectador de las obras de César Delgado advierte al aproximarse a sus universos imaginarios que la mirada se hace próxima.

 Hablar de este artista exige, pues, establecer previamente las relaciones entre la mano y el ojo y, en consecuencia, tener en cuenta las diferentes maneras de crear espacios, de aplicar las distinciones entre lo háptico y lo óptico.

 El espacio óptico es el que percibe una mirada en profundidad, el espacio delimitado en primer lugar por la línea que la mirada de un ojo traza desde un punto de vista. En un espacio óptico la perspectiva, las líneas de fuga o el horizonte delimitan y engloban; el espacio óptico es, así, un espacio que podríamos llamar estructurado. Existe por otra parte una concepción del espacio, el espacio háptico, en virtud de la cual la mirada se hace próxima, el ojo es como un dedo que analiza en lugar de sintetizar, la profundidad y la perspectiva desaparecen, las formas se superponen en planos que no tienen comienzo, o fin, o punto de referencia.

 Ortega y Gasset señalaba ya en su actualísimo ensayo "Del punto de vista en las artes" cómo en su opinión la trayectoria seguida por la historia del arte pictórico podría resumirse en el proceso que ha seguido la mirada desde un pintar el bulto, realista e ingenuo hasta la conquista del hueco, de la perspectiva, del aire. Ortega se asoma así al análisis de los dos tipos de espacio y los dos tipos de mirada que constituyen las posibilidades de imaginar y figurar para el hombre.

 Lo háptico es algo más que lo referente al tacto, hace referencia a la cualidad que tiene el órgano de la vista de no desarrollarse, de no alcanzar las cuotas adecuadas de su función si no es por medio y con ayuda del sentido de la proximidad. El ojo aprende a ver gracias a la posibilidad que tiene el sujeto de desplazarse y recorrer un espacio.

  El ver lo lejano está en la naturaleza humana posibilitado gracias a la relación entre la distancia y la proximidad. La mano que se alarga en el lactante para tocar un objeto lejano expresa la incapacidad del ejercicio analítico del ojo para comunicar la información adecuada sobre la verdadera distancia a la que se encuentra el objeto. Sólo después de que el niño haya podido andar y desplazarse el tacto y la experiencia del espacio adecúan en sus términos precisos el uso de la facultad visual.

  Lo háptico es así un término imprescindible para entender un arte, el de César Delgado, que tiende a visualizar el tacto, a amasar el color, a agredir con el color, a disolver en gotas la materia sólida de sus esculturas, a jugar, en fin, con el anulamiento de las fronteras sensoriales.

 Se nos invita así al espectáculo de lo que llamaríamos una desterritorialización permanente, utilizando uno de los sugestivos términos acuñados por Deleuze-Guattari en Mil mesetas. Nada permanece en la esfera o en el marco que le es propio, nada puede ser asignado a un territorio ni real ni mental: los colores no hacen referencia a la vista, ni están pensados para satisfacer la visión, su tratamiento es táctil, se amasan, se engordan para dejar sobre ellos huellas, testimonios de un espacio que se reconvierte de manera continua.

 No hay así punto de vista, sino que la mirada debe vagar por la superficie buscando el sentido, articulando y desarticulando las formas en libertad. Incluso cuando se emplea el "collage" se emplea no para substituir al dibujo sino para llevarlo a efecto. Nos vemos así abocados a una experiencia que podríamos identificar como un crear con el cuerpo porque se han desterritorializado los distintos sentidos, anulándose la especificidad de sus usos y sus funciones.

 Lo revolucionario de esta propuesta artística consiste, pues, en que César Delgado nos somete a una durísima prueba, de la que sin duda nuestra sensibilidad sale enriquecida, porque nos somete a compartir la experiencia de su ceguera transformada ella misma en una inagotable fuente de sensaciones experimentables en común.

Copyright © 2012 - César Delgado González Arte Háptico. Creado por Adriana Cecilia y Artavis