César Delgado González

Carbonero Imprudente

Gres en Oxidación. 45x45x33 cms.

 Aquel domingo de Junio de 1.956,
dentro de un corrillo infantil, tenía lugar un memorable combate a muerte entre una gigantesca hormiga negra y un pequeño saltamontes de tamaño diez veces superior. Habíamos llegado algo tarde a la con­tienda, el enfrentamiento estaba ya en plena y desesperada lucha por la vida. Todos estimulaban con la efervescencia de sus gritos al más débil de los insectos: la hormiga negra. Voceaban como si se tratara de una competición deportiva de interés mundial. Yo guiñaba los ojos y contraía la boca y pómulos en un gesto de sufrimiento escondido ante la inferioridad manifiesta del bicho menor. Solamente un espectador, mayor en edad y corpulencia, el "Calavera", animaba autoritario y dominante al saltamontes verdirrubio. Por un momento dio la impresión de que la hormiga negra acabaría con la vida del contrincante: de un salto había logrado asirse con fuerte mordisco al costado rival por debajo de la peligrosa pata aserrada. Enloquecido, revolcándose de dolor, cada vez más exhausto por el esfuerzo, el artrópodo gigante, asestaba terroríficos golpes de pata que se perdían en el aire y se hacían progresivamente más flojos. La mandíbula minúscula continuaba hermética a pesar de que todo su cuerpo temblara dando la sensación de desprenderse al menor embate; en realidad, patas y tronco no le servían ya sino de estorbo; colgada en el vacío, las escalofriantes descargas del saltamontes, le rozaban la región posterior del tórax sin conseguir todavía el propósito... De pronto, el insecto tan extraordinariamente armado, pareció perder el aliento; por unos segundos permaneció inmóvil, paralizado; la hormiga negra, trémula, insistía en su dentellada feroz, ajena, incluso, a la quietud del adversario. Repentinamente, igual que si fuera sacudido por una descarga eléctrica capaz de desatar todas las potencias increíbles y ocultas, como si su dolor insufrible hubiera traspasado el umbral límite de la tolerancia, comenzó el saltamontes a vibrar, a estremecerse y propinar incesantes patadas; se contraía primero y lanzaba después el apéndice mortal contra el enemigo. En una de sus contorsiones, el cuerpo de la hormiga, pen­diente aún del primer bocado, se balanceó con gran riesgo y, la sierra temible, segó su vida cruzando vertiginosa el espacio: de un sólo tajo separó la cabeza del tronco dejándola pegada al costado de un modo extraño, tal que si estuviera vinculada aún al cuerpo perdido por un nexo misterioso, lleno de espíritu, y que obligaba a pensar que el enfrentamiento a muerte no terminaría allí.

  Cuando contemplé atónito la cerviz de nuestro carbonero, un escalofrío recorrió mi cuerpo llenándome de presagios.Aquella imagen del cortador de leña en un despacho de la calle Padilla simbolizaba quizás un extraño vaticinio. Santiago, padecía un mal del raquis cervical que lo condenaba hasta el fin de su existencia a llevar el cuello sometido a una Jlexo-torsión muy intensa, de tal suerte, que, para conversar con sus clientes, forzaba la apertura de los párpados describiendo grandes surcos horizontales en la frente y dejando aparecer una breve porción rojiza de la conjuntiva inferior de unos ojos tristes que inspiraban piedad y ternura. Vestía una indumentaria inmunda, pero entre harapos tiz­nados y aspecto de pordiosero dejaba entrever su actitud soberbia, un talante que hacía de la usura una virtud incuestionable, tácita. "Desengáñese, señora, en el mundo entero se hará justicia gracias a los auspicios propiciatorios de la revolución bolchevique...", afirmaba profético mientras mi abuela, transmitiéndome su temblor parkinsoniano a través de la apretadura de mi mano dentro de la suya, lo observaba escéptica, con el semblante castellano, oculta en su solemne austeridad.

 Sentí una angustia abrumadora viendo la fiereza con que el carbonero hacía astillas con los tarugos esparcidos a sus pies. Una sudoración profusa y fría me invadió mientras contemplaba al hombre mugriento, negruzco como hormiga gigantesca, izar impetuoso el hacha, hacerla bufar como anca inmensa de zootomía salvaje, sin advertir que, cada golpe de acero, rozaba el dedo gordo de su pie desnudo apoyado sobre un gran tronco, aunque, sin accidentarse todavía...

  Pocos años después, recién enterrado mi hermano, adolescente aun, muerto en medio de la indigencia, paseaba yo, desconsolado, entre los cipreses de un boulevard en el cementerio de la Almudena. Tropecé con una escena sobrecogedora: millares de minúsculas congéneres, probablemente parientes de la hormiga decapitada tiempo atrás, se cobraban buena venganza en el cuerpo destrozado de un saltamontes verdirrubio; infinitas mandíbulas arrancaban pedazos del costado enemigo y mutilaban las extremidades con voracidad. De cuclillas en la observancia del espectáculo cruel e indiscreto que ofrecía la Naturaleza en aquella hora de un mediodía estival, me brotaron las lágrimas, desde la remembranza de los sucesos escolares, como íntimo manantial. Sin apartar la mirada de la pequeña catástrofe de criaturas incontables contra una sola víctima descomunal, circunscribiendo el escenario de la conflagración: "¡qué grande eres, Dios, y, qué imposible de creer!..."

  Los codos sobre las rodillas, ambas manos cubriéndome el rostro -cortinas que cerraban el teatro despiadado de la biología-, volví el pensamiento a mi interior para sollozar un tiempo inespecífico.

Copyright © 2012 - César Delgado González Arte Háptico. Creado por Adriana Cecilia y Artavis