César Delgado González

A la Caverna de Platón

Cera sobre tabla. 39x24 cms.

 Hace treinta años conocí a un hombre. Representaba la edad que yo tengo hoy. Qué viejo me parecía entonces, qué viejo me parecería ahora después de tres décadas. Sus ojos azules, transparentes, compuestos por trillones de luces microscópicas en continua vibración, veían sin mirar; discurrían por el paisaje, las gentes, las cosas, como desentendidos, como si todo y todos fueran lo otro a lo que él nunca podría acceder. Parco en palabras; escaso en el trato y la comunicación; por exigencias del destino, sólo una porción mínima del día, le era permitido usar para sus relaciones: la ceguera nocturna le obligaba a recluirse antes de ponerse el sol, y, apenas asomaba éste, el reparto de la fruta, su ocupación laboral le adhería al asiento de un tríciclo del que no descabalgaría ni en las horas del almuerzo, tal es así, que, la vecindad, en sus continuas murmuraciones, criticaba con rigor a doña Lucrecia, la dueña de la frutería sita en la renombrada calle del Conde de Peñalver, por permitir que Mauricio no descansara ni ingiríera alimento alguno.

  Las barras de pan tierno, con miga blanca y prieta, recién extraídas de las entrañas de una hornada hecha al mediodía en la taona de la calle de Juan Bravo, tenían en aquellas fechas del año sesenta y dos, un precio asequible: una peseta. Qué hambre, qué gozo satisfacer la necesidad imperiosa con la bondad de aquel manjar dorado al alcance de mi poca calderílla junto a la ingle. Paseaba lentamente mis años infantiles por el centro del boulevard, mirando hacia las afueras de Madrid; la ciencia a la izquierda, dentro del sarcófago colegial; a la derecha, una avidez febríl por el consumo; yo, en medio de los dos, entre el conocimiento y el pragmatismo, opuestos y complementarios.
Los automóviles por la izquierda en absorción perpetua, por la derecha en un vomitar cíclico y persistente, y yo, otra vez en medio, entre la vida que ha de transcurrir y el pretérito de sucesos incógnitos. Veo, a lo lejos, bambolear y acercarse parsimoniosa una mancha junto al tránsito veloz; es el triciclo de Mauricio el menesteroso; apenas se atisba su calvatrueno tras el bulto irregular de los productos hortelanos. Parece un escarabajo pelotero arribando penosamente a la cima de su destino.
Distraigo mi atención interesándome por la multiplicidad de anuncios en los escaparates del entorno. Mauricio silba a mi nivel e invita a subir sobre su carruaje. Ahora, el esfuerzo de pedalear con sobrecarga, le hace emerger chorretes vidriosos por los intersticios de un rostro pro­pio de quien encierra el enigma de las tragedias anónimas. La mirada de Mauricio -haces infinitos de luz, alfileres de cristal incandescente que bailan y revolotean a velocidad de vértigo desde mi pan a mis ojos-, grita sin voz: "¡misericordia!", y caen los párpados mansamente. Ya nadie sería capaz de discernir si lágrimas, si gotas de sudor que, suspensas primero de las pestañas inferiores, enseguida serpentean y desprenden de sí para perderse invisibles en el huracán del tráfico.
Finjo no enterarme de su posible llanto. Recuerdo mi hambre... Hago dos partes alícuotas con el resto del pan y le ofrezco. Hablo Precipitadamente para no dar tiempo a mis oídos a escuchar las “gracias” inmerecidas: “¡ánimo, Bahamontes, hay que conquistar el premio a la montaña!" Sonríe. Una torsión brusca a su triciclo y nos precipitamos por una calle transversal fuera del itinerario de costumbre. "¿Qué querrá Mauricio?, ¿atajar?", pienso.
Cruza General Díaz Porlier. Grita enloquecido de alegría con la boca llena de pan: "¡Viva Padilla, Bravo y Maldonado!" Luego se lanza frenético a coronar la montaña. Aparca. Le sigo como a un rabí loco y santo. Penetramos en un recinto oscuro, alfombrado, silencioso. Tardo algunos segundos en acostumbrarme a la penumbra; empiezo a distinguir luces en posiciones estratégicas apuntando hacia objetos sacramentales; presiento el corazón audible desde fuera de mí. Me estremezco al vernos solos en un templo diferente a todos los demás templos... Los motivos de adoración no eran cristos; sobre los altares descansaban piezas extrañas jamás concebidas. Yo descubría atónito lo que mi maestro miraba. Sentí el empuje de la genuflexión ante un sagrario y, sin embargo, no era preciso arrodillarse para adorar tales magnificencias. Por primera vez en mi vida sentí penetrar la libertad, a través de la epidermis, hasta el tuétano de mis huesos…

 Afuera, todavía perplejo por la visita a una galería de arte, me mantuve en silencio ante el milagro de una eucaristía: por un pedazo de pan tomado en comunión se me hacía partícipe de la verdadera luz inmersa en las tinieblas de la creación y del arte. También Mauricio se distrajo para no escuchar mis agradecimientos y, desde entonces, lo amé con un fervor esclavo.

Copyright © 2012 - César Delgado González Arte Háptico. Creado por Adriana Cecilia y Artavis