César Delgado González

Expresión con Ginés Castillo

Bronce. 31x24x20 cms.

 No había sentido hasta entonces una sacudida más violenta, tanemocionante y ala vez tan llena de ajlicción. La produjo un diálogo surgido a base de repentizar, de la emergencia de lucubraciones fluyentes desde la profundidad de nuestras intimidades. La impronta narrativa de mi contertulio envolvía y daba calor a una estancia de trabajo muy pequeña, repleta de utensilios que apenas nos permitían desplazarnos algunos centímetros en torno a una mesa bastante arruinada. La indumentaria, también lamentable, nos cubría los cuerpos en forma casi grotesca. Vasijas, herramientas, trapos sucios por doquier en un estudio o taller de novicio... Al fin, procedimos a despejar una superficie que recubrimos con un paño deshilachado y raído mientras mi compañero continuaba su disertación saturada de referencias técnicas, de fórmulas, compuestos, causas y efectos, principios, fundamentos... Mezclaba términos academicistas con improvisaciones de experiencias personales vividas con frecuencia cotidiana durante el reto con la materia prima.

  Ya, sobre el centro de la mesa, descansaba una pella de barro sin chamota que aproximadamente pesaría veinticinco kilogramos. En apariencia inerte, la tratábamos como a un objeto sacramental, un elemento totémico que, al parecer, iba a cobrar en algún momento inesperado, una importancia inusitada, tal que si la pella en cuestión contuviera en germen atributos vitales prestos a manifestarse en una reconversión incógnita y mediante el fenómeno "big-bang", en la expansión milagrosa de un millón de resurrecciones.

 Yo, todavía escuchaba atónito el rito de su sacerdocio y él, debió adivinar mi expectación y mi esperanza porque, repentinamente, abandonó los tecnicismos.
No sé, aquí, si es que las fórmulas ceremoniales concluyeron y llegó la hora de la transustanciación porque sentí cómo, lo exclusivamente mineral, trascendía hacia lo cósmico y adquiría animación:
Ginés Castillo tomó un alambre de cortar y lo puso en mis manos. "Secciona por donde quieras", insistió. Yo temblaba, era mi primera comunicación con el barro en presencia y trato directo con un artista. Di un corte trasversal de inclinación ascendente y la mitad superior se desplomó al otro lado de la mesa. Un apéndice sobrante, ridículo, se irguió indiscreto sobre la superficie recién nacida; Ginés Castillo, escrutador de mis pensamientos, me arrebató el alambre con la determinación y la seguridad del profesional experto; cercenó la extremidad y provocó un muñón residual de homogeneidad y equilibrio perfectos. Cuando mis manos trémulas contemplaron la novedad a instancias del maestro una dicha indescriptible y paradójicamente amarga se apoderó de mi entendimiento: en un instante accedí a la consciencia de los efectos más sutiles de la creación y, a la vez, una desesperante con­goja me invadió al comprender que todos los años de mi vida habían supuesto una ficción en busca de la verdad estética y, ahora, hallada ésta, no significaría sino el principio de un esfuerzo incalculable que habría de aguardarme al pretender discurrir por los senderos, hasta entonces insondables, de la creatividad y del arte.
Ginés insistía en su discurso imparable, ya no con fórmulas sino con ensayos de teorías y enunciados unas veces, con críticas a la especulación con el pensamiento como ejercicio habitual de algunos intelectuales, otras. Entretanto, sin poder concentrar mi atención en sus ideas, me hice con un formón que descansaba sobre un estante próximo. Me hervía la sangre de gozo e indignación por la verdad revelada y por la verdad tanto tiempo oculta. Descargué con furia el formón sobre una mitad de la pella dividida y le arranqué la lengua grosera que surgió de la agresión. Oía hipótesis y continuaba sin escucharlas a pesar del esfuerzo de mi voluntad. Una lengua tan odiosa como apreciable se mecía entre cuencas metacarpianas, estrujada, restregada y vuelta a recomponer por momentos; en otros, las caricias de las palmas con la mayor de las ternuras; en la atmósfera, el timbre radiofónico de Ginés y su filosofía pragmática.
Por fin, devuelvo la lengua manoseada a su lugar de origen. Hay una leve admiración de mi amigo: "detente, ya está, es una expresión admirable , obsérvala".
No es fácil rememorar aquel momento en lo que se refiere al grado de emoción experimentada, sobre todo, cuando se produjo la gran confesión:

  Ginés adquiere de pronto un talante circunspecto, lo imagino fruncido el entrecejo, presa del dolor que produce el altruismo; la amistad que nos profesamos lo empuja y precipita inexorablemente hacia una entrega que habrá de vaciarlo hasta romperle el alma. Parece exhausto y sin embargo se expresa con una humildad serena que me derrota. Resta toda la importancia que supone el compartimiento incondicional de un tesoro celosamente guardado desde la conquista, cuya consecución debió prolongarse en duro batallar, durante años. Me explica que observó en numerosas ocasiones cómo a ceramistas notables, en el quehacer cotidiano, se les ve rodeados de restos de arcilla que arrojan con desdén al suelo sin advertir los efectos creadores a que han dado lugar tales gestos despectivos. Si aprovecharan las obras instantáneas de increíble frescura en la expresión, la cantidad de arte rescatado al azar sería incalculable. Esta, nuestra obra incipiente de ahora, no es otra cosa que uno de esos despreciables residuos en la conciencia de ceramistas ignorantes.

 En esta brevedad de tiempo que transcurre en el consumo de un cigarrillo he sido partícipe, por la mediación de Ginés Castillo, de un secreto de alcance insospechado. Un silencio denso nos abraza en el tránsito de las horas que completan una mañana inolvidable mientras nos dedicamos sin tregua al pulimento respectivo de cada una de las semipellas hermanas que protagonizaron una amistad aun más poderosa, perdurable desde 1.986 y cuyo destino no se atisba en la lejanía de las distancias y los tiempos.

Copyright © 2012 - César Delgado González Arte Haptico. Creado por Adriana Cecilia y Artavis